Pequeño Contramanual de Economía - Nota 13
Las formulaciones teóricas no son inocuas. Se han buscado leyes que permitan predecir la predisposición al consumo, enmarcándolas en el concepto unificado de "Comportamiento de los consumidores".
Es lógico que cuando se trata con conjuntos tan enormes de individuos se busque la manera de aislar características comunes que permitan postular teorías predictivas de comportamiento. Es una legítima aspiración de la ciencia.
Corresponde entonces en primer lugar tratar de definir el concepto de "consumidor". Si incluimos a cualquier persona que coma, se vista, necesite cobijo, utilice utensilios y no sea autosuficiente, pretenderemos aplicar las conclusiones que saquemos a prácticamente toda la humanidad, cosa que hacen los defensores del libre mercado con inusitada persistencia.
Millones de personas en el mundo conviven en regiones donde el salario monetario no existe, donde las necesidades se cubren por gracia del caudillo, por solidaridad tribal o corresponsabilidad familiar, cohesionadas por costumbres ancestrales o acendradas culturas, mayormente interactuando comercialmente en forma de trueque con sus vecinos.
Los ultraortodoxos pretenden sostienen que las motivaciones individuales para decidir consumos surgen del cálculo -conciente o no- del beneficio expresable en valores de intercambio -en la práctica, pesos (o la moneda que se quiera)- de cualquier opción posible.
Los deseos, las pasiones, las convicciones, la fe, el altruismo, el vínculo familiar, todo queda explicado por las unidades netas ganadas frente a cualquier otra posibilidad desechada. Es más o menos como darle un precio a la unidad de placer o de satisfacción, valuar el efecto esperado y actuar en consecuencia.
Bien podría con mucho más derecho un bioquímico medir la intensidad de las reacciones neuronales para reclamar en nombre de los intercambios celulares la verdadera razón de las conductas. Atendiendo a las complejidades de los seres humanos, los psicólogos podrían valuar los márgenes de utilidad entre satisfacción perseguida y costo de la acción, y así en otras disciplinas.
Explicar las enmarañadas y a veces confusas conductas humanas por adecuación a circunstanciales precios es una reducción limitada tendiente a justificar la presunta racionalidad de los actores económicos en sus transacciones habituales, bandera cara a los intereses libremercadistas.
Por otra parte, la multiplicidad de condiciones en que se encuentran los consumidores aún dentro de sociedad complejas de tipo moderno, exigen la discriminación de los diferentes comportamientos no sólo en razón de sus ingresos o sus carencias de ellos, sino de sus pautas culturales adquiridas o impuestas.
Sectores carecientes han visto como necesario alimentar a sus hijos con leche de laboratorio supliendo la más eficaz leche materna por influjo de la publicidad o de la prescripción médica interesada. Sectores de fuertes ingresos han visto como una necesidad adquirir costosos sistemas de prevención ante la magnificada catástrofe del cambio de siglo en las computadoras, inducidos por el miedo generado por portavoces presuntamente técnicos. Grupos intelectualmente motivados se han visto impedidos de acceder a la lectura de revistas contestatarias por haber sido privadas de la publicidad empresaria violando los más elementales principios declarados del mercado al despreciar el poder de compra de esa audiencia para no permitir la expresión de voces discordantes.
Se pueden seguir enumerando situaciones en las que las justificaciones de beneficio económico no tienen cabida.
Por tanto, las generalizaciones que abundan en los manuales convencionales, al ignorar las situaciones reales, también abundan en excepciones que no caben dentro de sus propios esquemas preestablecidos.
Es lógico que cuando se trata con conjuntos tan enormes de individuos se busque la manera de aislar características comunes que permitan postular teorías predictivas de comportamiento. Es una legítima aspiración de la ciencia.
Corresponde entonces en primer lugar tratar de definir el concepto de "consumidor". Si incluimos a cualquier persona que coma, se vista, necesite cobijo, utilice utensilios y no sea autosuficiente, pretenderemos aplicar las conclusiones que saquemos a prácticamente toda la humanidad, cosa que hacen los defensores del libre mercado con inusitada persistencia.
Millones de personas en el mundo conviven en regiones donde el salario monetario no existe, donde las necesidades se cubren por gracia del caudillo, por solidaridad tribal o corresponsabilidad familiar, cohesionadas por costumbres ancestrales o acendradas culturas, mayormente interactuando comercialmente en forma de trueque con sus vecinos.
Los ultraortodoxos pretenden sostienen que las motivaciones individuales para decidir consumos surgen del cálculo -conciente o no- del beneficio expresable en valores de intercambio -en la práctica, pesos (o la moneda que se quiera)- de cualquier opción posible.
Los deseos, las pasiones, las convicciones, la fe, el altruismo, el vínculo familiar, todo queda explicado por las unidades netas ganadas frente a cualquier otra posibilidad desechada. Es más o menos como darle un precio a la unidad de placer o de satisfacción, valuar el efecto esperado y actuar en consecuencia.
Bien podría con mucho más derecho un bioquímico medir la intensidad de las reacciones neuronales para reclamar en nombre de los intercambios celulares la verdadera razón de las conductas. Atendiendo a las complejidades de los seres humanos, los psicólogos podrían valuar los márgenes de utilidad entre satisfacción perseguida y costo de la acción, y así en otras disciplinas.
Explicar las enmarañadas y a veces confusas conductas humanas por adecuación a circunstanciales precios es una reducción limitada tendiente a justificar la presunta racionalidad de los actores económicos en sus transacciones habituales, bandera cara a los intereses libremercadistas.
Por otra parte, la multiplicidad de condiciones en que se encuentran los consumidores aún dentro de sociedad complejas de tipo moderno, exigen la discriminación de los diferentes comportamientos no sólo en razón de sus ingresos o sus carencias de ellos, sino de sus pautas culturales adquiridas o impuestas.
Sectores carecientes han visto como necesario alimentar a sus hijos con leche de laboratorio supliendo la más eficaz leche materna por influjo de la publicidad o de la prescripción médica interesada. Sectores de fuertes ingresos han visto como una necesidad adquirir costosos sistemas de prevención ante la magnificada catástrofe del cambio de siglo en las computadoras, inducidos por el miedo generado por portavoces presuntamente técnicos. Grupos intelectualmente motivados se han visto impedidos de acceder a la lectura de revistas contestatarias por haber sido privadas de la publicidad empresaria violando los más elementales principios declarados del mercado al despreciar el poder de compra de esa audiencia para no permitir la expresión de voces discordantes.
Se pueden seguir enumerando situaciones en las que las justificaciones de beneficio económico no tienen cabida.
Por tanto, las generalizaciones que abundan en los manuales convencionales, al ignorar las situaciones reales, también abundan en excepciones que no caben dentro de sus propios esquemas preestablecidos.

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