Res Pública

Ideas y propuestas respecto a cuestiones políticas y sociales. En busca de "masa crítica" para encontrar consensos.

Friday, January 12, 2007

Elogio de la intolerancia

Se tolera aquello que es desagradable hasta un incierto punto. Incierto porque suele ser muy subjetivo, determinado por el umbral de los propios sentidos, recuerdos o pautas culturales.

Si el origen del desagrado es físico, frunciremos la nariz o entrecerraremos los ojos, tratando de evitar el lugar o irnos lo más rápido posible. Si no hubiera caso, por estar cerca de donde debemos permanecer, nos acostumbraremos hasta aquel punto en que ejerceremos alguna acción para acabar con la causa.

¿Pero qué pasa cuando el rechazo es de tipo moral, ético o social? Tendremos que hablar de personas, con lo cual las posibilidades de rechazo generalmente tienen un límite. Decimos generalmente por cuanto hay ideologías extremas que llegan a proponer hasta la eliminación de las personas o grupos execrados.

Dejando de lado las posturas extremas, asumamos como un valor la convivencia en la diversidad. Esto implica costumbres, ritos, creencias, normas, muchas de las cuales pueden estar en oposición radical con las nuestras. Los fenómenos migratorios han acentuado la emergencia de situaciones en que grupos minoritarios se incorporan a las sociedades establecidas, pero también el planteo es aplicable a grupos escindidos del propio cuerpo por cuestiones religiosas o por sostener valores cuestionados por las mayorías.

Ante estas situaciones se ha impuesto la idea de “tolerancia” y “multiculturalismo” como un valor civilizado acorde con la conciencia bienpensante urbana. Este principio puede entenderse como una aceptación acrítica de cualquier costumbre de otros pueblos, hasta un límite fijado generalmente en la comisión de delitos. Sería lo que se ha dado en llamar “posiciones políticamente correctas”, que tienden a que no se ofendan los “otros”.

Pero cuanto mejor que tolerar es respetar. El problema es que el respeto se obtiene cuando existe al menos comprensión por los valores extraños y no se perciben como un peligro para los valores propios. Con esta aproximación excluimos cualquier tipo de creencia o dogmatismo que pretenda imponerse por fuerza física o legal.

La cuestión se pone tensa cuando vemos que la fuerza se aplica entre los propios miembros del grupo cuestionado. ¿Intervenimos o no?

Tal vez la respuesta esté en la fuerza de las propias convicciones. Nuestra cultura es resultante de un proceso evolutivo que fue modelando la visión del mundo en un continuo de resolución de contradicciones entre normas, intereses, mandatos, gustos, nunca unidireccional pero con algunas líneas rectoras que se han arraigado por ser inclusivas, respetuosas de las individualidades, promotoras de las potencialidades humanas.

Si consideramos que son progresos que mejoran las condiciones de las personas y de las sociedades que los consagran y no dádivas o concesiones la universalización de la educación, el ejercicio del derecho de decisión de las mujeres, la protección de los disminuidos físicos y mentales, la igualdad de oportunidades independientemente de las condiciones particulares de origen, es totalmente lógico que promovamos su imperio a toda la humanidad.

Por contraposición, si consideramos aberrantes la esclavitud, la ablación de órganos, la reducción a servidumbre, los sacrificios humanos, la tortura, el abandono de los desvalidos y cuantas prácticas infamantes conozcamos, es legítimo en primer lugar evitar que suceda en nuestro entorno social inmediato, luego, otorgar protección y asilo a quien lo sufra en otras sociedades y por fin, promover la aceptación de estos valores por quienes aún no los disfrutan.

Habrá inevitables discusiones puntuales respecto de la pertinencia de las medidas concretas a aplicar en cada caso, lo cual permite el debate de ideas, erradicar prejuicios, ponderar diferentes alternativas, evaluar el real impacto de las situaciones respecto de quienes la sufren, etc.

En estos términos, la intolerancia es bienvenida.

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