Res Pública

Ideas y propuestas respecto a cuestiones políticas y sociales. En busca de "masa crítica" para encontrar consensos.

Thursday, May 24, 2007

Censurados

La legislación argentina – y supongo que en muchas otras también – prescribe taxativamente la prohibición de ejercer censura previa de las publicaciones. Como muchos textos normativos, cuando fueron dictados sólo era conocida la imprenta, pero por extensión se considera de aplicación para cualquier tipo de soporte.

Esta prescripción garantiza la expresión de todos los ciudadanos y es un valor innegablemente constitutivo de cualquier estado de derecho. Pero ahondemos un poco más en el tema: por empezar en el término ‘previa’. Es indicativo de que puede ser legítima la censura posterior a la publicación y entendemos razonable que así sea cuando contiene acusaciones infundadas o falsas contra personas determinadas, cuando se incurre en plagio, cuando constituye apología del delito, cuando niega verdades históricas – quizá lo más difícil de evaluar –.

Ya podemos ir vislumbrando la dificultad de encuadrar debidamente los textos dentro de estas categorías en los casos no flagrantes, sujetos a interpretación de jueces y leyes. Claramente es de aplicación el principio aquel de ‘en la duda, a favor del reo’, ya que pueden existir otras vías para el resarcimiento económico o moral del daño causado que no impliquen la orden para el retiro de circulación, por otra parte bastante ineficaz en el estado actual de las técnicas de reproducción y difusión.

Hay otros tipos de veto que se consideran válidos, como los que rigen para la protección de menores, en función de la tutela que debe ejercerse sobre quien no cuenta con el discernimiento suficiente para interpretar y valorar el texto en cuestión. Como en la práctica no existe la posibilidad material de impedir el acceso a las publicaciones, las autoridades limitan su exhibición o condicionan su venta, sugiriendo además la instrumentación de controles por parte de los adultos responsables.

Con aquel mismo argumento algunos credos religiosos prohíben a sus fieles la lectura de ideas consideradas heréticas o peligrosas para su salud moral, pero que obviamente no lo fueron para el docto censor que lo determina. Este criterio lamentablemente es tomado por partidos políticos, en especial cuando están en el gobierno, para impedir la prédica de ‘ideologías extrañas al ser nacional’, cuyo custodia se autoasignan.

La prodigiosa popularización a escala global de medios como Internet ha permitido la expansión de falsas atribuciones, de mentiras, de versiones interesadas, de escritos falaces, en proporción a su masividad. La ubicuidad de los responsables de su escritura que en la mayoría de los casos queda fuera del alcance de las sanciones que merecerían, hizo que por un lado se tratara de responsabilizar por los contenidos a los servicios que alojan a estos sitios, medida de difícil implementación por la internacionalización del sistema, pero por el lado de los lectores, apelamos a su prestigio para confiar en el contenido, recurso sin garantía absoluta pero con buen promedio de aciertos.

Como vemos, la complejidad del tema no permite soluciones enteramente satisfactorias para todas las situaciones, por lo que es mejor encararlo por el otro lado: que toda la población tenga el nivel de educación y sentido crítico para comprender y valorar lo que lee o, en su caso, sepa recurrir a quienes puedan ayudarlo a hacerlo.

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Cultura industrial

Entre los indicadores económicos habituales solemos encontrar un renglón que aparece en los últimos años y que mensura esa faceta de una serie de actividades catalogadas como ‘industria cultural’, que compendia el mercado de arte, la producción cinematográfica, la comercialización de réplicas en museos, la actividad de los centros culturales y muchos etcéteras.

Es lógico y razonable que las autoridades valoren la incidencia de los gastos e inversiones que se derivan del goce artístico, del prestigio por la posesión o cualquier otra causa que los motive. En su caso serán objeto de imposición fiscal o de excepción según los criterios de valoración que guíen el accionar político de los respectivos gobiernos. Pero me permito llamar la atención sobre la validez del contenido de las diferentes categorías.

Tomemos como ejemplo el caso de la industria cinematográfica, que de por sí muestra importantes cifras en producción de películas, en costo de entradas y alquiler, en contratos de distribución, etc., todo lo cual convalida que sea una industria y/o un servicio, pero en pocos casos amerita ser ‘cultural’.

Obviamente podemos adentrarnos en una polémica sobre los valores artísticos de cada película y los difusos límites entre lo popular y lo elitista, lo erudito y lo vulgar, pero no es ese el objeto, sino subrayar que no es válido hacer comparaciones entre países para determinar el grado e importancia de la cultura en las respectivas comparaciones empleando tales parámetros.

Quienes realizan películas pornográficas no tienen la menor intención de generar piezas culturales, sino integrar el servicio de estimulación erótica, aún cuando con el paso de las décadas puedan cambiar de status junto con la evolución de las costumbres.

De todos modos, el aspecto más destacable del grueso del movimiento económico de la industria fílmica lo integra el entretenimiento infantil y adolescente, con alcance a grandes masas de adultos también. Lo mismo puede decirse de la industria musical en cualquier tipo de soporte, muy utilizada para propagar masivas propuestas apuntaladas por la difusión televisiva.

La aceptación o no del criterio discriminador propuesto tiene incidencia no sólo a efectos de la valuación cultural, sino que se manifiesta a la hora de otorgar subsidios, exenciones fiscales, ayudas financieras, promociones y cualquier otra ventaja que pueden aprovechar agentes comerciales, por lícitos que sean, pero que no debieran quedar amparados bajo la protección de la auténtica generación y difusión cultural.

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Wednesday, May 23, 2007

De miedo

Se llama terrorismo a la utilización de acciones violentas indiscriminadas contra un grupo humano para quebrar su voluntad o la de su gobierno.

Un grupo disidente con respecto al poder constituido que se levanta en armas y recurre a la comisión de atentados contra vida y bienes particulares o públicos es considerado como terrorista, del mismo modo que si un gobierno recurre a la práctica de secuestros, asesinatos y destrucción de bienes se convierte en Estado terrorista. Valga esta precisión para dejar claro que no importa quién sea el agente, sino las acciones llevadas a cabo.

De un gobierno lo menos que se espera es que cumpla y haga cumplir la ley. Si se decide a burlarla la violación es doble y no valen los argumentos usualmente esgrimidos para justificar la excepcionalidad de las acciones.

La represión, término con mala fama, es una atribución del Estado legítimo para contener, detener y castigar la eventual insurgencia, pero contenida en el marco jurídico y legal que garantice la protección de los inocentes, así sean familiares de los sublevados.

Los orígenes de los distintos grupos terroristas suelen encontrarse en situaciones de opresión de etnias, negación de derechos por causas raciales, políticas o religiosas, reivindicaciones territoriales, rechazo al colonialismo, oposición ideológica radical al poder constituido, afirmación de dominio territorial, independentismo, imposición de credos religiosos, etc., que culpabilizan a otro conjunto social o lo consideran un simple elemento de canje: sus vidas por mi causa, dejando al descubierto su desprecio por la vida inocente. Para edulcorar su conciencia algunos les llaman 'daños colaterales'.

Resalto la cuestión de la causa manifiesta, por cuanto existe una tendencia a agrupar el fenómeno dentro de un conglomerado llamado 'terrorismo internacional', como si existiera alguna confederación tácita de mutuo apoyo. Esta concepción sólo es útil a los gobiernos que la usan como pretexto para intervenir en cualquier otro país que sufra un fenómeno terrorista, incluso en lo que se ha dado en denominar acciones preventivas, que no es más que una agresión.

Un fanático nacionalista norteamericano puede atentar contra cualquier árabe, sin distinguir si se trata de un iraquí o de un aliado saudí. Un suicida musulmán que considera los ataques occidentales contra países árabes como una nueva cruzada cristiana no distingue entre irlandeses que a su vez pueden ser odiados enemigos entre sí por causas de otra religión.

Tanto las acciones revolucionarias legítimas como las legítimas respuestas ante las agresiones sufridas debieran encauzarse sin el recurso cruel y despreciable del terror indiscriminado.

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Friday, May 18, 2007

Palabras movedizas

PALABRAS MOVEDIZAS
Múltiples acepciones tienen las palabras. Los diccionarios alinean los significados separándolos con barras y ordenándolos desde el uso más común al más raro, a veces indicando con las abreviaturas apropiadas la materia, el gremio que lo usa, el país o la región de origen.

Pero no se quedan quietas las palabras, como no viven en los libros sino en la mente de la gente, diseminadas sin que nadie tenga que pedir permiso para usarlas ni pagar por ellas, resulta que se comportan como si fueran herramientas.

Así como los destornilladores sirven de cortafierros o de barretas según su tamaño y el apuro que tengamos, las palabras se acomodan por aproximación, semejanza, asociación, parecido fonético, traducción errónea o cualquier otra causa inverosímil o razonable, calzan y sacan de apuro, complementando o desplazando a la que estaba por derecho ocupando su lugar.

No hay nada ilegal en esto. Las lenguas vivas cambian, se adaptan a la realidad que tienen que expresar, encuentran nuevos matices, equivalencias y utilidades para grupos, profesiones, sociedades, técnicos...

Pero nunca falta un pero. A veces nos encontramos con manipulaciones insidiosas, torsiones forzadas, malintencionadas equivalencias. Como además de los significados llamémosle descriptivos, están las cualidades y los valores asignados, sugeridos o supuestos, cada palabra acarrea cargas emotivas, rechazos o adhesiones, maldispone o dispone bien a dar crédito a lo que se dice seguidamente y esta capacidad puede ser inducida con sutilezas distorsionantes.

A algún publicista se le ocurrió que transmitir lo que sucede con un grupo de personas encerradas en una casa, sin salir a trabajar ni a divertirse – y mucho menos a estudiar –, sin contacto con parientes ni amigos, filmadas y grabadas permanentemente, era un “reality show”, mostrar la “realidad”.

Puede ser algo parecido a la realidad en una cárcel, tal vez un albergue de refugiados, pero es lo más opuesto a la vida diaria que puede concebirse por los sistemas de eliminación puestos en juego.
Puede que para muchos esta subversión del significado no sea más que una mala ocurrencia, como las de los que traducen los títulos de las películas, pero otros pueden aceptar que la única relación posible entre los seres humanos es la competencia y no hay lugar para la colaboración, más cuando se refuerza la idea con otros programas donde se “vence” sin fijarse en los medios.

Es que las palabras están imbricadas en sistemas de ideas interrelacionadas que conforman ideologías, creencias, refuerzan las pautas de conducta, justifican comportamientos, dan idea del mundo, ubican –para bien o para mal- en relación a los demás. Por ejemplo, en este caso, ayudan a reforzar las campañas a favor de las jubilaciones individuales, despreciando los “viejos” principios de solidaridad intergeneracional y protección de la vejez.

A veces los comunicadores disfrazados de periodistas titulan con palabras cambiadas para que la repetición de una inexactitud vaya preparando el terreno para justificar cambios en las leyes de acuerdo a los intereses de sus mandantes.

Es habitual que los casos de robo, asalto, violación, secuestro nos lo presenten bajo el rótulo de “Inseguridad”. ¿Es que acaso no generan una sensación justificada de inseguridad? Por supuesto, pero no es lo que la constituye, sino una fracción de ella. Toma una parte por el todo.
Las construcciones inestables, los materiales inflamables, los cables pelados, las garrafas en mal estado, los alimentos vencidos, las jeringas sucias, los peatones desaprensivos, la impunidad, los atentados suicidas, la velocidad excesiva, la exposición a rayos X, los cortes de luz, los vados no señalizados, las obras clandestinas... Interminable lista de situaciones por acción u omisión que pueden acarrear consecuencias peligrosas para la salud o integridad personal o deterioro o pérdida de bienes; en definitiva, inseguridad.

Entonces, reconozcamos los diferentes tipos de hechos o condiciones que crean la sensación de inseguridad con el objeto de poder pensar soluciones adecuadas a los diferentes casos. No pongamos todo en la misma bolsa y llamemos a los delitos por su nombre. No se trata de una “ola de inseguridad” sino en todo caso una “ola de delitos”, a la que se la puede combatir con prevención policial, investigación fiscal, acción judicial, legislación apropiada y, mejor aún, completando todo con un alza en las condiciones de vida de la sociedad, lo que no elimina el delito, pero lo restringe y le quita sustento exculpatorio.

Teniendo claro los conceptos no será fácil que aceptemos sin más las omnipresentes “razones de seguridad” cada vez más usadas para no contestar preguntas, para no dejarnos pasar, para registrar nuestra correspondencia, para anotar con quién conversamos y qué libros leemos.

Nadie tiene que exigir plenos poderes y que renunciemos a nuestros más elementales derechos en nombre de nuestra propia seguridad y argumentando con palabras cambiadas.

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Wednesday, May 16, 2007

Ciencia y pseudociencia

Dicen los epistemólogos que las teorías científicas son válidas mientras que una nueva teoría no la suplante.

Algunos aprovecha para decir que si las teorías nuevas demuestran que las viejas eran falsas, por lo tanto todas las teorías son falsas.

Obviamente, omiten que las nuevas teorías generalmente superan, perfeccionan o acotan las anteriores, pocas veces las refutan totalmente, de tal manera que la expresión "a hombros de gigantes" conque los investigadores califican el resultado de algún trabajo trascendente, ratifica el reconocimiento a los descubrimientos anteriores que les permitieron llegar más lejos en el conocimiento.

Pero normalmente la descalificación a la ciencia sólo tiene el propósito de justificar el sostenimiento de afirmaciones no contrastables, es decir, que no pueden ser reproducidas en pruebas objetivas obtenidas por terceros, o que simplemente apelan a la presunta autoridad de quienes las formulan, así sean ajenos al quehacer científico.

La potencia de la ciencia radica en la racionalidad, la potencia de su capacidad predictiva, la utilidad para fundamentar derivaciones técnicas de aplicación utilitaria, la rigurosidad de la estructura lógica, la complementación entre las diferentes disciplinas.

Conviene brindar especial atención al lenguaje utilizado, ya que las pseudociencias se disfrazan de serias apropiándose de términos reconocidos y valorados en el mundo académico para revestirse de un aura digna. Valga como ejemplo la reiterada mención a la "energía" atribuida despreocupadamente a cualquier objeto sin necesidad de tener que molestarse en confeccionar detectores ni elaborar escalas con graduaciones verificables.

También suele apelarse a los saberes ancestrales para justificar explicaciones irracionales -en el sentido estricto de la palabra- sin considerar que la intuición que pudieran tener los pueblos primitivos o la certeza basada en ensayos y errores no valora automáticamente todas sus creencias.

Por otro lado, no corresponde descalificar a la ciencia por ser responsable de concretos males que afectan a la sociedad y al ambiente. Aquí hay que mirar hacia la filosofía y la metafísica, de donde derivamos la ética, para encontrar verdaderos culpables.

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