Cultura industrial
Entre los indicadores económicos habituales solemos encontrar un renglón que aparece en los últimos años y que mensura esa faceta de una serie de actividades catalogadas como ‘industria cultural’, que compendia el mercado de arte, la producción cinematográfica, la comercialización de réplicas en museos, la actividad de los centros culturales y muchos etcéteras.
Es lógico y razonable que las autoridades valoren la incidencia de los gastos e inversiones que se derivan del goce artístico, del prestigio por la posesión o cualquier otra causa que los motive. En su caso serán objeto de imposición fiscal o de excepción según los criterios de valoración que guíen el accionar político de los respectivos gobiernos. Pero me permito llamar la atención sobre la validez del contenido de las diferentes categorías.
Tomemos como ejemplo el caso de la industria cinematográfica, que de por sí muestra importantes cifras en producción de películas, en costo de entradas y alquiler, en contratos de distribución, etc., todo lo cual convalida que sea una industria y/o un servicio, pero en pocos casos amerita ser ‘cultural’.
Obviamente podemos adentrarnos en una polémica sobre los valores artísticos de cada película y los difusos límites entre lo popular y lo elitista, lo erudito y lo vulgar, pero no es ese el objeto, sino subrayar que no es válido hacer comparaciones entre países para determinar el grado e importancia de la cultura en las respectivas comparaciones empleando tales parámetros.
Quienes realizan películas pornográficas no tienen la menor intención de generar piezas culturales, sino integrar el servicio de estimulación erótica, aún cuando con el paso de las décadas puedan cambiar de status junto con la evolución de las costumbres.
De todos modos, el aspecto más destacable del grueso del movimiento económico de la industria fílmica lo integra el entretenimiento infantil y adolescente, con alcance a grandes masas de adultos también. Lo mismo puede decirse de la industria musical en cualquier tipo de soporte, muy utilizada para propagar masivas propuestas apuntaladas por la difusión televisiva.
La aceptación o no del criterio discriminador propuesto tiene incidencia no sólo a efectos de la valuación cultural, sino que se manifiesta a la hora de otorgar subsidios, exenciones fiscales, ayudas financieras, promociones y cualquier otra ventaja que pueden aprovechar agentes comerciales, por lícitos que sean, pero que no debieran quedar amparados bajo la protección de la auténtica generación y difusión cultural.
Es lógico y razonable que las autoridades valoren la incidencia de los gastos e inversiones que se derivan del goce artístico, del prestigio por la posesión o cualquier otra causa que los motive. En su caso serán objeto de imposición fiscal o de excepción según los criterios de valoración que guíen el accionar político de los respectivos gobiernos. Pero me permito llamar la atención sobre la validez del contenido de las diferentes categorías.
Tomemos como ejemplo el caso de la industria cinematográfica, que de por sí muestra importantes cifras en producción de películas, en costo de entradas y alquiler, en contratos de distribución, etc., todo lo cual convalida que sea una industria y/o un servicio, pero en pocos casos amerita ser ‘cultural’.
Obviamente podemos adentrarnos en una polémica sobre los valores artísticos de cada película y los difusos límites entre lo popular y lo elitista, lo erudito y lo vulgar, pero no es ese el objeto, sino subrayar que no es válido hacer comparaciones entre países para determinar el grado e importancia de la cultura en las respectivas comparaciones empleando tales parámetros.
Quienes realizan películas pornográficas no tienen la menor intención de generar piezas culturales, sino integrar el servicio de estimulación erótica, aún cuando con el paso de las décadas puedan cambiar de status junto con la evolución de las costumbres.
De todos modos, el aspecto más destacable del grueso del movimiento económico de la industria fílmica lo integra el entretenimiento infantil y adolescente, con alcance a grandes masas de adultos también. Lo mismo puede decirse de la industria musical en cualquier tipo de soporte, muy utilizada para propagar masivas propuestas apuntaladas por la difusión televisiva.
La aceptación o no del criterio discriminador propuesto tiene incidencia no sólo a efectos de la valuación cultural, sino que se manifiesta a la hora de otorgar subsidios, exenciones fiscales, ayudas financieras, promociones y cualquier otra ventaja que pueden aprovechar agentes comerciales, por lícitos que sean, pero que no debieran quedar amparados bajo la protección de la auténtica generación y difusión cultural.
Labels: industria cultural, subsidios

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